La curación de Anita Moorjani

La vida de Anita se apagaba debido un cáncer terminal. Contando las horas para su final, algo sucedió. En pocos días los tumores habían desparecido.

Anita Moorjani (Singapur, 1959) tenía solo 43 años cuando le detectaron Linfoma de Hodgkin, un tipo de cáncer que daña severamente el sistema linfático. La medicina alternativa, primero y la quimioterapia, finalmente, no daban resultado. Al poco tiempo ni siquiera podía girar la cabeza debido a la inflamación de los ganglios linfáticos.

En 2026, tras varios años de tratamiento y un cambio de dieta y estilo de vida radical, se produjo un declive profundo en su estado de salud. Se le detectó metástasis en fase avanzada. Sus pulmones estaban encharcados, su piel estaba surcada de heridas abiertas, su movilidad era prácticamente nula. Pesaba tan solo 38 kilos.

El viaje al fondo de la conciencia

El 2 de febrero ya no despertó. Apenas conseguía respirar. Los médicos anunciaron a la familia la irreversibilidad de su estado. Estaba en proceso de muerte biológica. Tan solo duraría unas pocas horas más.

Durante aquellas horas, Anita, por primera vez, dejo de sentir dolor. Tampoco sintió miedo, su compañero de viaje durante tantos años. En aquel trance, tuvo conciencia total de su propio ser. Mientras su cuerpo estaba apagado, fue capaz de escuchar la conversación que mantuvo el oncólogo con su marido a muchos metros de allí, al otro lado de la puerta, anunciándole el final esperado. Fue incluso capaz de ver a su hermano saliendo en avión desde la India para asistir a sus últimas horas.

Su padre apareció al final de aquel trance. Fue él quien le dijo que no era su momento. Afirmó que regresó de la muerte porque entendió que “el cielo no es un lugar, si no un estado del ser

El regreso a la vida

Anita recobró la conciencia. A las 24 horas de salir del coma, sus riñones comenzaron a funcionar de nuevo, liberando todo el líquido que su organismo tenía retenido. Al día siguiente los tumores del cuello y de la axila se desinflaron. A los 4 días se le realizó una punción lumbar y una biopsia. Ya no existían células cancerosas activas. En dos semanas ya podía andar por los pasillos del hospital. Su recuperación en poco tiempo fue completa.

Como comentó tiempo después, en su estado de muerte, comprendió que la enfermedad que padecía era una consecuencia de su miedo. "No morí de cáncer, morí de miedo. Y volví porque entendí que mi valor no depende de lo que hago, sino de lo que soy". Hoy se estudia si las emociones profundas pueden enviar señales químicas al cerebro, capaces de activar o desactivar la respuesta inmunitaria. A pesar de ello, la ciencia sigue todavía sin dar respuesta a una recuperación imposible, a la vuelta a la vida de una persona en estado de muerte biológica, con cáncer tan avanzado y tan extendido por todo su cuerpo.

Se debate si su recuperación pudo ser debida a la administración de una dosis de quimioterapia de rescate, pocas horas antes de entrar en coma. Se estudia hasta que punto esa dosis final pudo funcionar y erradicar sus células enfermas. Por otro lado, como también explicó ella, se debate si un estado de paz absoluta y ausencia de miedo pudo haber liberado una cascada de citoquinas y linfocitos capaz de atacar el cáncer con una eficiancia nunca antes registrada.

Posibles explicaciones

Se debate si su recuperación pudo ser debida a la administración de una dosis de quimioterapia de rescate, pocas horas antes de entrar en coma. Se estudia hasta que punto esa dosis final pudo funcionar y erradicar sus células enfermas. Por otro lado, como también explicó ella, se debate si un estado de paz absoluta y ausencia de miedo pudo haber liberado una cascada de citoquinas y linfocitos capaz de atacar el cáncer con una eficiancia nunca antes registrada.

Lo que la ciencia no puede explicar

La dosis administrada a Anita en sus horas finales, debido a su estado de debilidad tan elevado, fue muy reducida. En ningún caso pudo actuar de forma tan contundente, y, sobre todo, con tanta celeridad. Ninguna dosis, por alta que hubiese sido, ni siquiera la liberación masiva de linfocitos, puede provocar una regeneración tan rápida, reparando tantos órganos dañados. Además, en un estado de muerte inminente, de debilidad extrema, el cuerpo no tiene los recursos suficientes para liberar una contraofensiva inmunitaria tan efectiva, y de semejante magnitud.

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